La vida en la edad media.
Tenemos conocimiento que la Edad
Media es un periodo que viene después de la caída del imperio romano de
occidente, en el siglo V, hasta el siglo XV, por lo que se nos hace interesante
conocer la forma de habitar y de convivir de sus habitantes.
Se le adjudica el termino al
historiador Flavio Biondo de Forli, en su libro titulado Décadas de historia
desde la decadencia del imperio romano, con este termino se hacia alusion a un
estancamiento del progreso. Es evidente que la Edad Media es considerada como
el periodo de estancamiento cultural, que se ubico entre la gloria de la
antigüedad clasica y el renacimiento.
Debemos de entender que es lo que se
entiende por "desarrollo cultural", si el conglomerado de los valores
humanos y su intercambio para darle un realce a las experiencias humanas, es
cierto que no existieron en este periodo como tal, porque la sociedad se ubicó
en pequeños feudos que le brindaran protección y hasta cierto punto un grado de
confort y por ende le brindará una subsistencia aceptable.
En cambio, si por “desarrollo
cultural” entendemos la profundización de cada cultura y su comprensión a
grados superlativos, bien podemos afirmar que, la Edad Media fue un período de
riquísimo desarrollo de culturas que, a título independiente, fueron escalando
niveles de comprensión que harían posible, en las postrimerías del siglo XVI;
el surgimiento de una tendencia de apertura de las ciencias y de las artes en
un rigor excelso de brillantez.
Pero esa Edad Media, también tuvo su
cotidianidad, su vida común, como entendemos hoy día la vida en las ciudades
cosmopolitas.
En 1965 la editorial francesa
Gallimard, publicó una extensa investigación de la rusa Zoé Oldenbourg
(1916-2002), titulada “Les Croisades”, Las Cruzadas; en la cual, en su capítulo
I, nos refiere una de las más gráficas descripciones de esa cotidianidad del
medioevo.
En este período, nos refiere la
autora, el hombre era la medida de todas las cosas; no había un referente
tecnológico que lo apoyara y la mano artesanal era la vía expedida para darle
forma y cuerpo a la materia para fines de confort y utilidad de los seres
humanos. Ese hombre medieval no era físicamente distinto al actual, quizás un
poco más pequeño, pero igual en su fisonomía.
La vida era dura, pero quizás no tan
dura como la que en la actualidad persiste en países de surafricanos o
latinoamericanos; los campos eran labrados con arado y sin abono y dejados
alternativamente en barbecho cada dos o tres años. Se producían la mitad de lo
que hoy día se produce y no rendía lo suficiente; el campesino, que por las
condiciones de vivir en feudos de terratenientes y hombres de armas, era el
siervo, tenía que dejar la mitad de la cosecha para su amo y con el resto
alimentar a su familia.
La cama, ese espacio en donde hoy
dormitamos, descansamos y procreamos, era un lujo; se dormía sobre paja o en el
suelo; rara vez se podía ver en las despensas cercanas al fogón que hacía de
cocina alguna vajilla, y lo que comúnmente se usaba como plato eran rebanadas
de pan seco.
Los ricos, que desde el inicio de la
civilización han existido, y que ciertamente son quienes han dado forma a la
civilidad moderna así ofensa a las clases explotadas esta expresión, pero es la
realidad histórica, vivían en castillos de piedra y su riqueza se media por el
espesor de los muros y la solidez de las fortificaciones exteriores; los
campesinos se hacían unas chozas de adobe que a menudo se incendiaban y había
que reconstruir.
Pero algo que impacta de aquel
período, nos lo sustenta Zoé Oldenbourg, es que al no haber alcantarillado ni
sistema alguno de conducción de aguas, las calles de las ciudades fortaleza o
aldeas, parecían cenagales todas las épocas del año, por supuesto el mal olor
era parte de la cotidianidad y el cultivo de enfermedades endémicas que
azotaron a la población menguada del medioevo.
Los animales domesticados que servían
de apoyo a los trabajos del campo y del comercio, compartían las casas de sus
dueños; normalmente el establo estaba en la parte de abajo y en una guardilla
vivían los humanos. El estiércol sobreabundaba en las casas y un olor, a lo que
pudiésemos llamar hoy día a pocilga, era lo natural.
El agua había que irla a buscar al
pozo o a la fuente, la luz era proporcionada por las velas y alguna que otras
antorchas resinosas que despedían tanto humo como luz. Cuando se hacían grandes
banquetes, los perros y los mendigos se disputaban bajo la mesa los trozos de
carne y los huesos que los comensales cedían.
Pero no todo, en esa cotidianidad,
era rupestre, había un gran conocimiento de la naturaleza, de las bondades de
las plantas para la salud, de saber orientarse con las estrellas y los
movimientos del Sol; se poseía una vista ágil y una mano diestra, se conocía el
espacio en razón del mandato de sus constantes cambios y se respetaba la pureza
de los bosques porque sólo se talaba lo necesario para beneficio humano.
En una palabra, el hombre medieval se
valía de la pasión para mejorar su vida, no para satisfacer su morbo; la caza
por ejemplo, a diferencia del hombre contemporáneo, no era lujo ni pasatiempo,
sino trabajo, que tenía a la vez algo de deporte, de festín y de guerra, pero
cuyo botín iba destinado para alimento del cazador y los suyos.
A todas estas, valga una nota
importante de Zoé Oldenbourg: “La carne de ganado doméstico no se comía, con
excepción de la de cerdo y la de corral, pero los nobles, grandes comedores de
carne, traían de sus incursiones por el bosque hecatombes de perdices,
urogallos, liebres y corzos. El oso, el ciervo y el jabalí muertos se llevaban
en triunfo y, en las vigilias de los grandes banquetes, los pájaros pequeños,
como codornices y tordos, muertos a centenares, se sacaban de los morrales y se
amontonaban ensangrentados por los suelos de las cocinas. En las cocinas
reinaba un olor a sangre, a pieles recién desolladas y a humo de carnes asadas
que se juntaba con el olor de los perros, de los halcones de caza y de la
gente.
La carne, secada al sol o ahumada en
las enormes chimeneas, se conservaba bastante mal y era necesario renovar a
menudo las provisiones, por lo que había una constante escasez de sal y de
pimienta, indispensables para sazonar los alimentos y para prolongar la
conservación de estos víveres, que continuamente amenazaban con corromperse.
