De poesía y cine,*
Este 21 de marzo es fecha de una gran
conmemoración. Aprobada por la UNESCO como el Día Mundial de la Poesía, desde
1999 celebra una expresión esencial del ser humano para reconocerse a sí mismo.
Porque, a fin de cuentas, como lo dejó escrito Octavio Paz, la creación poética
no es sino el ejercicio y la revelación de la condición humana.
Para el Nobel mexicano la poesía fue
un término imposible de síntesis. “Inspiración, respiración, ejercicio
muscular”, decía, la poesía es una plegaria al vacío, un diálogo con la
ausencia. Operación de libertad, reverencia al Cosmos, chispa de una armonía
total.
El universo de lo poético es, como se
sabe, inconmensurable. Lo poesía está en todas partes, sin que ello quiera
decir que todo sea poético. No es propósito aquí discutir lo que pueda o no
considerarse poesía, pero conviene recordar que su noción ha sido motivo de
reflexión durante siglos. Quizás le pasó a Sócrates cuando meditaba sobre los
límites del concepto de imitación, planteando al pintor Parrasio la posibilidad
de que la pintura pudiese representar no sólo “las cosas que se ven” sino
también “el carácter del alma”.
Como en otras disciplinas del arte,
en el cine la poesía ha sido motor y tema, proceder y consecuencia. Ha sido el
cimiento sobre el que se levantaron algunas de las grandes películas. Pienso en
El perro andaluz (1929) de Luis Buñuel,Iván el terrible (1944) de Serguei
Eisenstein o El año pasado en Marienbad (1961) del recién fallecido Alain
Resnais.
Para Jean Cocteau, quizás el más
poeta de los cineastas, el cine tenía valor y sentido en tanto que se mostrara
como manifestación artística y se esforzara en ser algo ‘poético’. Pero Cocteau
(La sangre de un poeta, 1932) también sabía que la poesía no era un propósito
definido, algo que se alcanzara de manera consciente. Estaba seguro que lo
poético emanaba de no se sabe dónde. A su ver, la poesía es ese “murmullo de lo
anónimo”.
Para otro cineasta como Andrei
Tarkovski, autor de algunos de los filmes más emblemáticos de lo
poético-cinematográfico como El espejo (1975) o Nostalgia (1983), la poesía no
era otra cosa que un modo particular de ver el mundo, una forma especial de relación
con la realidad. De alguna forma, vio a las imágenes cinematográficas como una
forma en la que el artista se revela y a éste “no sólo como un investigador de
la vida, sino también como un creador de altos valores espirituales y de
aquella especial belleza que sólo corresponde a la poesía”, escribió.
A Pier Paolo Pasolini, otro gran
poeta del cine, le debemos la expresión “cine de poesía”. En 1965, en el marco
del Festival de Cine de Pesaro, en una famosa intervención titulada El cine de
poesía, Pasolini habló de la base irracionalista del cine, de la memoria y los
sueños, de su cualidad onírica. Para el cineasta italiano las imágenes están
tomadas del caos y se hacen posibles e históricas a través de la intervención
del director.
Tras haber concluido el rodaje de
Zabriskie point (1970), una de sus películas más reconocidas, Micheangelo
Antonioni pensó sobre la presencia de la poesía en el cine. E hizo hincapié en
el trayecto, en esa operación, en ese tránsito entre lo incierto que sugería
Cocteau:
“Que un autor interiorice sus propias
opciones políticas y sociales y luego las manifieste en una obra -en mi caso,
en una película- que a través de imágenes ligadas a la realidad por un hilo
fantástico remite a aquellas determinaciones, no basta para juzgar la película
sólo sobre esa base. Es el recorrido de la fantasía lo que está en juego, y si
hoy la palabra ¨poesía¨ adquiere de nuevo un sentido (¿el mundo salvado por los
poetas?), si el atributo poético se puede asignar aZabriskie point (no soy yo quien
ha de juzgarlo), en mi opinión, es en esta clave que hay que ver la película”.
En el marco de este festejo mundial a
la poesía, no tiene caso definir lo que podamos entender como cine de poesía.
Vale pensar en la manera en que el cine, en una o más ocasiones, haya podido
manifestarnos con emotividad la condición humana y tocarnos muy adentro, de
acuerdo con la idea de Paz. Ese instante en que distintas interconexiones nos
botan de la realidad y nos ponen en otro dominio, donde podemos ser (nos)otros.
Pensemos pues en piezas como Una
página de locura (Teinosuke Kinugasa, 1926), una rareza de arremolinados
planos, desvarío mental y fuerte impresión poética. Pensemos en La pasión de
Juana de Arco (Carl T. Dreyer, 1928), en su rigurosa sobriedad de imágenes y
convicción espiritual.
Hablemos de Límite (Mario Peixoto,
1931), refinada pieza de inusual atrevimiento estético dentro de todo el cine
latinoamericano de su época. O bien de Redes de la tarde (Maya Deren, 1943), de
audacia narrativa y gran profundidad sobre la experiencias de fragmentación y
desequilibrio.
Ahí está esa sensible evocación de la
vida del poeta y trovador Sayat Nova, El color de la granada (1968), del
injustamente apreciado Sergei Parajanov. O bien ese testamento de resonancia
operística que poetiza sobre el mito y la leyenda del que se nutren los
western, como es Había una vez en el Oeste (Sergio Leone, 1968).
También Yeleen (Souleymane Cissé,
1987), que habló por el cine africano en los 80, poderosa en su realismo mágico
y complejidad. O bien, ese inmenso coro nostálgico que es Voces distantes
(Terence Davies, 1988), en el que el pasado nunca se suelta del presente, entre
canciones y suaves disolvencias.
De México un buen ejemplo es Bajo
California: el límite del tiempo (Carlos Bolado, 1998), que apareció como
bocanada de aire fresco en una entonces erosionada cinematografía nacional.
Película que ofrece un viaje simbólico, entre la expiación y la búsqueda de las
propias raíces, y que culmina como una alegoría sobre la vida
¿En Qué hora es allá? (Tsai
Ming-liang, 2001) está también esa reflexión inspirada sobre el ser humano
actual, aislado de sí mismo, distraído de lo fundamental por sus aspiraciones
materialistas. Y un filme como Holy Motors (Leos Carax, 2013), rutilante
inventario de personalidades y voces; memorable por su clima poético e
imaginativo radicalismo.
Hay por supuesto más títulos, dentro
de una lista interminable y armada según los propios criterios. Poesía y cine
se han asociado muchas veces para ofrecernos mundos con corazón y vida. Los
reconocemos no por regalarse como completos engaños de artificial estilo, sino
como fábulas de singular aliento humano. En el cine, la poesía halló un gran
aliado para compartir su asombro y su verdad. ¿O no es acaso el cine la gran
metáfora de la vida, del tiempo y de la realidad?
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