martes, 6 de mayo de 2014

Me alquilo para soñar. *


En realidad, era su único oficio. Había sido la tercera de los once hijos de un próspero tendero de Caldas, y desde que aprendió a hablar en la casa la buena costumbre de contar los sueños en ayunas, que es la hora en que se conservan más puras sus virtudes premonitorias.

A los siete años soñó que uno de sus hermanos era arrastrado por un torrente. La madre, por pura superstición, le prohibió al niño lo que más le gustaba, que era bañarse en la quebrada. Pero Frau Frida tenía ya un sistema propio de vaticinios.

-Lo que el sueño significa -dijo- no es que se vaya a ahogar, sino que no debe de comer dulces.

La sola interpretación parecía una infamia, cuando era para un niño de cinco años que no podía vivir sin sus golosinas. La madre, ya convencida de las virtudes adivinatorias de la hija, hizo respetar la advertencia con mano dura. Pero al primer descuido suyo el niño se atragantó con una canica de caramelo que se estaba comiendo a escondidas, y no fue posible salvarlo.

Frau Frida no había pensado que aquella facultad pudiera ser un oficio, hasta que la vida la agarró por el cuello en los crueles inviernos de Viena. Entonces, tocó para pedir empleo en la primera casa que le gustó para vivir, y cuando le preguntaron que sabia hacer, ella dijo la verdad "Sueño". Le bastó con una breve explicación a la dueña de la casa para ser aceptada, con un sueldo apenas suficiente para los gastos menudos, pero con un buen cuarto y las tres comidas. Sobre todo el desayuno, que era el momento en que la familia se sentaba a conocer el destino inmediato de cada uno de sus miembros: el padre, que era un rentista; la madre, una mujer alegre y apasionada de la música de cámara, y dos niños de once y nueve años. Todos eran religiosos, y por lo mismo propensos a las supersticiones, y recibieron encantados a Frau Frida con el único compromiso de descifrar el destino diario de la familia a través de los sueños.

Lo hizo bien y por mucho tiempo, sobre todo en los años e la guerra, cuando la realidad fue más siniestra que las pesadillas.

Solo ella podía decidir  a la hora del desayuno lo que cada quien debía hacer aquel día, y como debía hacerlo. Su dominio sobre la familia fue absoluto: aún el suspiro más tenue era por orden suya.

Por los días en que estuve en Viena acababa de morir el dueño de la casa y había tenido la elegancia de legarle a ella una parte de sus rentas, con la única condición de que siguiera soñando para la familia hasta el fin de sus sueños.

Fuente: Gabriel García Márquez, "Me alquilo para soñar" en Doce cuentos peregrinos.



El alacrán.*

Había una vez un hombre bondadoso y sencillo que tenía una gran fortuna, pero un día la mala suerte lo alcanzó y perdió hasta la ultima moneda que había ahorrado. El hijo, que estaba de viaje, tuvo un accidente y murió, y la mujer, que no pudo soportar tanto dolor, murió al poco tiempo. Asi que tuvo este hombre una ruina completa, y hasta los amigos dejaron de visitarlo. El hombre vendió hasta su casa y se quedó en la miseria total.

Un día se dirigió a una cueva donde vivía un ermitaño, que decían que era sabio y ayudaba todo el mundo.


El hombre le contó sus penas y le preguntó si sabía de alguien que le prestará un poco de dinero, pues con él podía pagar algunas deudas y comenzar de nuevo. El ermitaño estyaba muy apenado por la historia, pero era evidente que pooco podría hacer. En eso un alacrán comenzó a subir por la pared, y el ermitaño lo recogió con cuidado, lo envolvió en un trapo y le dijjó:


-Es lo único que tengo, hermano. Llévalo al prestamista, a ver cuanto te dan por esto.

El hombre que estaba muy desesperado, lo aceptó y fue a la casa del prestamista. Allí temeroso de que lo echaran inmediatamente por llevar un alacrán, le sorprendió la exclamación que hizo el prestamista al abrir el envoltorio. Pues en el interior había un alacrán de fino oro, con filigranas y adornos de esmeraldas, rubíes y diamantes.


Eso basto para cancelar sus deudas y reanudar su vida.Incluso volvió a tener una considerable fortuna. Pero no olvidaba al solitario ermitaño, ni siquiera ahora  que volvía a tener muchos amigos.Asi que un día fue a la casa del prestamista, recuperó la joya y llegó hasta la cueva del ermitaño para devolverle el regalo.


El ermitaño abrió con cuidado el envoltorio, cogió al alacrán y depositándolo en el mismo sitio de donde lo había cogido, dijo:

_Sigue tu camino, criaturita de Dios.

Y el precioso animal, convertido de nuevo en un vulgar alacrán, comenzó a caminar lentamente.