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Mostrando entradas de diciembre 26, 2015

La reina que no se lavaba la camisa.

Pese a que juró no cambiarse de camisa hasta que conquistara Granada, cosa muy castiza, la reina Isabel la Católica no era partidaria de la fiesta de los toros, que en su tiempo ya estaba muy arraigada. 
En una carta le manifiesta a su confesor fray Hernando de Talavera: «de los toros sentí lo que vos decís, aunque no alcancé tanto; mas luego allí propuse con toda determinación de nunca verlos en toda mi vida, ni ser en que se corran y no digo prohibirlos porque esto no es para mí a solas». Debió añadir: «me lavaré la camisa pero no cejaré, como en Granada, hasta que no desaparezcan de mi vista esos innobles festejos». Pero no.
Desde entonces, a través de los siglos, todos los gobernantes han jugado a la demagogia de presidir esta tortura y muerte de reses bravas con la cara feliz y nunca de asco. Ver a un rey de España en barrera aplaudiendo una estocada tiene un morbo patibulario.

México rojo.

Con sus siete u ocho añitos el niño probablemente no comprendía lo que estaba pasando, pero estaba aterrado. Por más de que le habían dicho que la ceremonia en que le tocaba participar era algo muy importante y que debía sentirse orgulloso y afortunado de haber sido destinado para un honor tan grande, no podía dejar de sentirse abrumado por la muchedumbre, por el vocerío y los cánticos rituales, por el aroma penetrante del copal y los sahumerios. Lo que más le agobiaba era la opresiva presencia de los tlatoques, unos horribles personajes responsables de custodiar el templo y las instalaciones dedicadas a los dioses y, probablemente, de asegurarse de que él y los demás cautivos no escaparan. Pero él no era un prisionero ni un esclavo. Era hijo legítimo de sus padres y había sido escogido precisamente por ser un niño hermoso, de bellas facciones dentro de los estándares de su raza, esculpidas en una perfecta piel cobriza. Lo trataban con deferencia, casi con afecto y desde la mañana lo…