martes, 29 de diciembre de 2015

Pepe Cortés.

La noche, en esta ocasión, estaba enfada con las estrellas y la luna. Les había prohibido que se dejaran ver. Además, se había confabulado con la niebla para dibujar los paisajes con un halo misterioso y perturbador.

En una mísera vivienda, al borde de un camino vecinal, apenas sabían de la noche. La oscuridad la llevaban dentro de su vida, imposible de disipar con la pobre lámpara de gasolina, fabricada con una lata de refrescos y un trozo de tela de algodón. Sombras estáticas, ratones buscando lo inexistente, la muerte acechando, una madre con un niño en brazo y un padre con la mirada perdida en la penumbra, era el escenario perfecto para otro tomo de “Los Miserables”.

Nadie había ayudado para comprar la medicina que necesitaban para salvar al infante. Unos, porque tenían los bolsillos llenos de pobreza y hambre y otros porque sus arcas estaban llenas de desprecio hacia el desposeído, odio a los pobres, egoísmo, crueldad, indiferencia.

Poco a poco, el demacrado rostro del padre fue cobrando vida y sus ojos se movían mientras a sus oídos llegaba el estribillo que muchos comentaban pero él nunca había escuchado. Sus labios temblaban mientras como un susurro pronunciaba “Gracias Dios mío, gracias

Se incorporó y casi de un salto llegó a la desencajada puerta. La abrió para ver en el suelo un pequeño paquete. Lo recogió y le dijo su mujer: “Manuela, el chiquillo está salvado. Llegaron las medicinas”. La mujer pudo, al fin, esbozar una sonrisa.

La noche era joven. El reloj marcaba las nueve. En el amplio portal de la hacienda de Don Cosme Milán, dos ganaderos comentaban los últimos acontecimientos del día anterior: “Dicen que Pepe Cortés asaltó en pleno día la farmacia de Cifuentes”. El interlocutor del señor Milán encendió por tercera vez su cachimba y después de lanzar una bocanada de humo, contestó: “Para mí que ese hijo de mala madre tiene que ser alguien del ejército o de la policía porque de lo contrario estuviera encarcelado.” Milán acomodando las gafas en su curva y fea nariz, replicó: “Hace como tres años me interceptó en el camino a Pozo Redondo. Se llevó todo mi dinero.

El muy degenerado me dijo que era para comprarle alimentos a un viejo. Vaya bandido mentiroso. Debe tener más plata que nosotros dos juntos”

En lo alto de la colina y teniendo de fondo la luna llena, un jinete cantaba en voz alta:
“Yo robo a cualquier hora
y lo hago con placer
Porqué es para proteger,
Al que sufre y al que llora.”

A la miserable vivienda del camino llegó el estribillo y el padre del niño sonrió. Sabía que otro infeliz había recibido la visita de Pepe Cortés. Salió al camino.

Observó que la noche tenía un halo mágico con sus estrellas brillantes como millones de ojos observando un mundo lleno de desigualdades y gente que luchan por erradicarlas.

Palabras sobre la muerte.

En una ocasión, estaba El Ermitaño, el Elegido, contemplando las tumbas del pequeño cementerio de la aldea. Se paseaba por entre las tumbas como quien pasea por un jardín. Tal era la paz y el buen semblante del Ermitaño.

No tardó en correrse la voz entre los deudos que se encontraban en el lugar de que el Bien Amado se encontraba allí y muchos se acercaron donde el.

Al verlos, El Ermitaño, el Elegido, dijo:
—Veo que vosotros, como yo, habéis venido a recordar a vuestros difuntos.

Esto ciertamente que es bueno, no nos debemos olvidar de nuestros hermanos que ya partieron de este plano.

Entonces, un anciano le dijo al Ermitaño:
—Bien Amado, háblanos de la muerte.

Y el Elegido contestó:
—¿Queréis que os hable sobre la muerte? Escuchadme, también he aprendido las canciones que tratan de la muerte. Luego, sentándose en la orilla de una tumba dijo así:
—Viejos huesos que ocupáis esta tumba, permitidme descansar aquí, pues me han pedido que cante las canciones que aprendí sobre la muerte.

—¿Queréis que os hable sobre la muerte? ¿Acaso lo sabéis ya todo sobre la vida? Porque la muerte es la continuidad de la vida y no un ocaso eterno como habéis oído decir. Por eso nos preocupa tanto la muerte, porque es un hecho propio de la vida; mas no debe asustarnos, porque la muerte no es otra cosa que el boleto de regreso al sendero de la evolución. Quien muere, ciertamente, no desaparece, su alma escapa volátil y se sitúa en planos superiores. La muerte es, en realidad, un encuentro con la vida, con la Vida Eterna a la que no es imposible renunciar.

A muchos habéis oído nombrar a la muerte con diversos nombres. Siglos hace que un pobrecillo la llamó "hermana", con gran justeza, mas yo la llamo "novia", porque a todos nos seduce y todos nos vamos con ella.

Ley natural de la vida es la muerte y sinónimo verdadero de la libertad y de la vida. Porque libre queda nuestra alma de nuestro cuerpo y libres también nuestros sentimientos de las emociones.

Honrad a la muerte, sin temerla, que ella llegará en el momento adecuado.

No os pongáis por delante de ella, que es una novia demasiado caprichosa y podría ignoraros hasta el momento que no la deseéis.

Recordad siempre que la muerte no es un misterio, es lo más cierto que conscientes sabemos desde el nacimiento. Recordad siempre que la muerte no es un misterio, pero se requiere conocer primero el sentido de la vida, conocer las canciones de la sabiduría.

Y así como procuráis que vuestra novia sea digna de compañera, procurad
también que la Novia Muerte os encuentre dignos de ella, porque la muerte es el paso más importante que damos en la vida.

Y a aquellos que ya se han marchado, honradlos siempre, porque desde el lugar en que estén os ayudarán con su experiencia, así como os quisieron ayudar cuando estuvieron en este mundo.

Así dijo El Ermitaño, el Elegido, y empezó a depositar flores en las tumbas.