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Mostrando entradas de diciembre, 2015

El fin.

La situación se torna desesperante, la gente sale angustiada a los supermercados a comprar todo tipo de alimentos. Si en condiciones normales ya tenemos tendencia al egoísmo, ahora se ha potenciado mucho más.
Dicen que hay alimentos para un largo tiempo, que se han cosechado todos los vegetales antes que sigan reduciendo de tamaño y de peso, que se han faenado los animales comestibles y se han refrigerado. Que se trabaja aceleradamente en conseguir alimentos sintéticos. Pocos creen en esos anuncios.
Para colmo anuncian que la velocidad de rotación de la Tierra se aceleró, con lo cual el día de hoy va a durar 20 horas. Nora y Dora se han serenado. Yo en cambio, desde hace unas horas me siento deprimido, pesimista y por primera vez en mi vida, desbordado.
Para alguien con personalidad obsesiva, no poder tener bajo control las variables más básicas de la vida es grave. Además este sonido que comencé a sentir dentro de mi cabeza, me esta aturdiendo más y más a cada instante. No sé qué me pas…

Pepe Cortés.

La noche, en esta ocasión, estaba enfada con las estrellas y la luna. Les había prohibido que se dejaran ver. Además, se había confabulado con la niebla para dibujar los paisajes con un halo misterioso y perturbador.
En una mísera vivienda, al borde de un camino vecinal, apenas sabían de la noche. La oscuridad la llevaban dentro de su vida, imposible de disipar con la pobre lámpara de gasolina, fabricada con una lata de refrescos y un trozo de tela de algodón. Sombras estáticas, ratones buscando lo inexistente, la muerte acechando, una madre con un niño en brazo y un padre con la mirada perdida en la penumbra, era el escenario perfecto para otro tomo de “Los Miserables”.
Nadie había ayudado para comprar la medicina que necesitaban para salvar al infante. Unos, porque tenían los bolsillos llenos de pobreza y hambre y otros porque sus arcas estaban llenas de desprecio hacia el desposeído, odio a los pobres, egoísmo, crueldad, indiferencia.
Poco a poco, el demacrado rostro del padre fue cob…

Palabras sobre la muerte.

En una ocasión, estaba El Ermitaño, el Elegido, contemplando las tumbas del pequeño cementerio de la aldea. Se paseaba por entre las tumbas como quien pasea por un jardín. Tal era la paz y el buen semblante del Ermitaño.
No tardó en correrse la voz entre los deudos que se encontraban en el lugar de que el Bien Amado se encontraba allí y muchos se acercaron donde el.
Al verlos, El Ermitaño, el Elegido, dijo: —Veo que vosotros, como yo, habéis venido a recordar a vuestros difuntos.
Esto ciertamente que es bueno, no nos debemos olvidar de nuestros hermanos que ya partieron de este plano.
Entonces, un anciano le dijo al Ermitaño: —Bien Amado, háblanos de la muerte.
Y el Elegido contestó: —¿Queréis que os hable sobre la muerte? Escuchadme, también he aprendido las canciones que tratan de la muerte. Luego, sentándose en la orilla de una tumba dijo así: —Viejos huesos que ocupáis esta tumba, permitidme descansar aquí, pues me han pedido que cante las canciones que aprendí sobre la muerte.
—¿Queréis qu…

Bella.

BELLA, como en la piedra fresca del manantial, el agua abre un ancho relámpago de espuma, así es la sonrisa en tu rostro, bella.
Bella, de finas manos y delgados pies como un caballito de plata, andando, flor del mundo, así te veo, bella.
Bella, con un nido de cobre enmarañado en tu cabeza, un nido color de miel sombría donde mi corazón arde y reposa, bella.
Bella, no te caben los ojos en la cara, no te caben los ojos en la tierra. Hay países, hay ríos en tus ojos, mi patria está en tus ojos, yo camino por ellos, ellos dan luz al mundo por donde yo camino, bella.
Bella, tus senos son como dos panes hechos de tierra cereal y luna de oro, bella.
Bella, tu cintura la hizo mi brazo como un río cuando pasó mil años por tu dulce cuerpo, bella.
Bella, no hay nada como tus caderas, tal vez la tierra tiene en algún sitio oculto la curva y el aroma de tu cuerpo, tal vez en algún sitio, bella.
Bella, mi bella, tu voz, tu piel, tus uñas bella, mi bella, tu ser, tu luz, tu sombra, bella, todo eso es mío…

La reina que no se lavaba la camisa.

Pese a que juró no cambiarse de camisa hasta que conquistara Granada, cosa muy castiza, la reina Isabel la Católica no era partidaria de la fiesta de los toros, que en su tiempo ya estaba muy arraigada. 
En una carta le manifiesta a su confesor fray Hernando de Talavera: «de los toros sentí lo que vos decís, aunque no alcancé tanto; mas luego allí propuse con toda determinación de nunca verlos en toda mi vida, ni ser en que se corran y no digo prohibirlos porque esto no es para mí a solas». Debió añadir: «me lavaré la camisa pero no cejaré, como en Granada, hasta que no desaparezcan de mi vista esos innobles festejos». Pero no.
Desde entonces, a través de los siglos, todos los gobernantes han jugado a la demagogia de presidir esta tortura y muerte de reses bravas con la cara feliz y nunca de asco. Ver a un rey de España en barrera aplaudiendo una estocada tiene un morbo patibulario.

México rojo.

Con sus siete u ocho añitos el niño probablemente no comprendía lo que estaba pasando, pero estaba aterrado. Por más de que le habían dicho que la ceremonia en que le tocaba participar era algo muy importante y que debía sentirse orgulloso y afortunado de haber sido destinado para un honor tan grande, no podía dejar de sentirse abrumado por la muchedumbre, por el vocerío y los cánticos rituales, por el aroma penetrante del copal y los sahumerios. Lo que más le agobiaba era la opresiva presencia de los tlatoques, unos horribles personajes responsables de custodiar el templo y las instalaciones dedicadas a los dioses y, probablemente, de asegurarse de que él y los demás cautivos no escaparan. Pero él no era un prisionero ni un esclavo. Era hijo legítimo de sus padres y había sido escogido precisamente por ser un niño hermoso, de bellas facciones dentro de los estándares de su raza, esculpidas en una perfecta piel cobriza. Lo trataban con deferencia, casi con afecto y desde la mañana lo…

La corneta y los tigres.

Un hombre llegó a una aldea con una corneta misteriosa de la que pendían paños rojos y amarillos, cuentas de cristal y huesos de animales.
-Esta es una corneta que ahuyenta a los tigres -dijo el hombre. -A partir de hoy, por una modesta suma diaria, yo la tocaré todas las mañanas, y ustedes nunca van a ser devorados por estas terribles fieras.
Los habitantes de la aldea, atemorizados ante la amenaza de ser atacados por un animal salvaje, aceptaron pagar lo que el recién llegado pedía.
Así pasaron muchos años, el dueño de la corneta se hizo rico y se construyó un hermoso castillo. Cierta mañana, un joven que pasaba por el lugar preguntó a quién le pertenecía aquel castillo. Al enterarse de la historia, resolvió ir hasta allí para conversar con el hombre.
-Oí decir que el señor tiene una corneta que ahuyenta a los tigres -dijo el joven. -Sucede, sin embargo, que no existen tigres en nuestro país. Ahí mismo el hombre convocó a todos los habitantes de la aldea, y le pidió al muchacho que…

Imágenes bellas.

La felicidad es interior, no exterior, por lo que no depende de lo que tenemos sino de lo que somos...















El Leñador y el Demonio

En un albergue perdido en la montaña, la señora a la que llaman “Demonio Femenino”, vestida con un kimono negro, vino a recibirme. Me saqué los zapatos, entré en el cuarto tradicional japonés y descubrí que jamás conseguiría dormir con el frío que hacía. Solicité a la intérprete que pidiese un calentador; la vieja japonesa, con una mirada de desdén, dijo que tenía que acostumbrarme al Shugendo. - ¿Shuguendo?
Pero la mujer ya había desaparecido, dando instrucciones para que fuéramos a cenar ya. En menos de cinco minutos estábamos sentados en torno a una especie de hoguera cavada en el suelo, con un calderón pendiendo del techo, y pescados en asadores colocados a su alrededor. Enseguida llegó Katsura, mi guía, acompañada por el leñador.
- Él sabe todo sobre el camino – dijo Katsura. – Pregúntele lo que quiera.
- Antes de hablar, vamos a beber – dijo el leñador. – El sake (una especie de vino japonés, hecho de arroz) en la cantidad justa aleja a los malos espíritus.
- ¿Aleja a los malos espír…

Soneto LXXI

Noche de reyes.

Año 2008. Sala de Urgencias de un Hospital situado en algún lugar.
Dieciocho y cuarenta y cinco de la tarde; la sala de urgencias del Hospital General se halla en un momento de máxima saturación. Los pacientes a los que ya les han sido practicadas las primeras curas, son remitidos provisionalmente a un largo y estrecho pasillo, en el cual se ha improvisado una angosta sala con capacidad para una veintena de camas. Allí deberán de aguardar los enfermos, aquellos resultados que determinaran, dependiendo del diagnóstico, si han de volver a sus casas, o se les ingresara en planta donde permanecerán en observación hasta que su estado de salud permita darles el alta.
Un intenso y penetrante olor a gasas, pomadas y antisépticos envuelve el recinto.
Las camas se hallan dispuestas en dos columnas, una frente a la otra, y tan sólo dejan un estrecho pasillo para poder transitar de un extremo a otro de la sala. La intimidad de los enfermos apenas existe, dado que una simple sábana separa una cama d…

La amistad.

Lo que todos entendemos por amistad, es una buena relación afectiva entre dos personas, muy bien, eso es, pero todos tenemos la mala costumbre de llamar “amigo” a una persona que conocemos de hace dos días. No es amigo toda persona que se cruce en tu camino, los amigos son aquellos que de verdad están en los buenos y en los malos momentos, no los que lo dicen y luego te dejan de lado.
Tampoco son aquellos que a la que cometes un error te dejan de bando, no, ellos te ayudan a que te des cuenta de que has cometido un error, te encaminan por el buen camino y te dan una segunda oportunidad. Tampoco son los que influyen de mala manera, son los que quieren lo mejor para ti.
Los que cuando necesitas algo te lo prestan, cuando tan solo quieres hablar, hacen lo imposible para poder verte y escucharte, consolarte, poderte dar su opinión o sacarte una simple sonrisa. Esos, esos son los que podéis decir que son vuestros amigos, no aquellos que te dicen “te quiero” y por detrás te están poniendo de …

Un espacio.

Aún no se me va esa maravillosa impresión que me dejaste, a diferencia de otras veces, no es precisamente tu atractivo el que me animó a llamarte, pues no sabía en realidad quién eras, fue una curiosidad cotidiana lo que me inclino a buscarte.
Más allá de lo intrascendente que puede ser todo, y el poco valor real que existe, son las mismas sensaciones de siempre, que hacía ya mucho no pasaban por acá, que estaban perdidas en algún lugar de la ciudad, esperando ser halladas y hoy han dado de nuevo conmigo.
Esta vida está llena de oportunidades, las cosas pasan y dejan de ocurrir, se vive cada instante al máximo pues mañana podríamos no existir, de eso se trata esta vida, es necesario afrontarla y darle un espacio a lo que merece ser valorado, no revivir sensaciones pasadas, sino provocar unas nuevas cada
día.
Y si acaso aquí una amistad no fructifica, o si pasa lo contrario, no habrá de ser bueno ni malo, sino lo que debió pasar, pues mañana será otro día y si la vida me permite existir…

No lo sé.

Calor. Calor excesivo. Que parece que la cabeza va a explotar y las neuronas escaparán, emprendiendo un misterioso viaje por confines que no conocen. Así era aquella noche, con más de treinta grados, que parecían ochenta. Era insoportable. No quiero caer sin embargo en lo de siempre: cuando llueve, las quejas porque llueve; cuando hace calor, las quejas por el calor. No quiero, decía, caer en el inconformismo diario de las personas, tan solo quiero graficar el panorama de aquella noche.
Eran cerca de las dos de la mañana, y yo estaba acostado (por no decir tumbado) en mi cama, sin poder conciliar el sueño. Normalmente me duermo cerca de las doce, pero aquella vez no podía. Por lo referido anteriormente: el lapidario calor.
No se escuchaba sonido alguno, salvo de vez en cuando algún atrevido limón que cayera del limonero de la casa de al lado.
La ventana de mi pieza estaba abierta, pero las gotas gruesas de sudor se desplazaban a lo largo de mi cuerpo, por la cabeza, el pecho, la espalda…