lunes, 4 de enero de 2016

Recordarte.

No recuerdo la última vez que sonreí, fue un instante mágico, que condensaste con tu mirada, fue la dulzura de cada palabra mencionada, la tristeza de cada caricia olvidada, la soledad acompañada. Conozco el  aroma que dejan tus sueños, el mismo aroma que deja el dolor. Albergué la esperanza, que le dio el derecho a la razón de quitarle lo que es del corazón.

Recordarte es el trabajo más eficiente que me da la razón, encontré debajo de tu piel, el sentido de esta rutina que algunos llaman vivir, esa calle sin salida la única opción, caminar por tu piel fue mi triste perdición, como negar lo que niega la razón, si cuando lo niega lo acepta el corazón, me encuentro con un botón que me deja con la duda, y otro botón que me grita la realidad, que no es real en este mundo de ficción. El valor del corazón de vestirse de insensato, de fingir ser sutil tan solo por un rato, tratando de esquivar tu mirada, que dio con la agonía, que despierta tu sonrisa inocente, tan culpable como yo, por amarte ciegamente, sin cegar a la razón.

No me mires sin preguntar, perdiste de mi hasta la última palabra, la última lágrima que llega, hasta el alma de aquel que ama con locura y se lleva un gran dolor, el dolor que nunca sana, porque es el dolor del alma…

Lobo de mar.

Paseaba como todos los días por el muelle disfrutando del olor a sal y el calmado murmullo de las olas agotándose en mi oído. La soledad siempre mi única compañía recordándome los años desperdiciados de caricias perdidas en el olvido, de besos no dados deseosos de encontrar una boca, de te quieros guardados bajo llave por temor a parecer más débil en un mundo donde se hace valer la ley del más fuerte.

Hoy mis pasos carecen del vigor de antaño y sin embargo la soledad sigue golpeando con fuerza acompañándome en mis largos paseos al lado del mar, ese que nunca me ha abandonado ni en los peores momentos. El mismo que acariciaba día tras día mi cuerpo con sus delicadas olas. El mismo que mecía el barco acunando nuestros sueños.

Fueron buenos tiempos, tiempos duros de largos días de trabajo, jornadas eternas y aventuras que a punto estuvieron de costarme la vida. A pesar de todo fueron buenos tiempos, la soledad de mis brazos no pesaba tanto como ahora, siempre pudiendo sustituirse por noches de compañía de unos labios que nunca se supieron míos y sin embargo deshacían en ellos suaves te quiero.

Hoy marco mis pasos por el muelle engañando a mis sentidos con el olor a salitre del mar, con la brisa marina acariciando mis brazos, jugueteando con mi pelo. Y mi cuerpo, cansado por los años, se deja engañar por no tener mejor sentimiento que la nostalgia con el que llenar el corazón y la mente de recuerdos.

No tengo a quien recordar a mi lado, mi mano que echar en falta. No recuerdo una tierna mirada, ni el aroma de ningún cuerpo. Mis manos no recorrieron otros mapas que los de papel, ni nunca nadie me esperaba en puerto. Y hoy sin embargo soy yo el que espero; espero que un golpe de mar se lleve consigo a este viejo que nada ha vivido ni nada ha donado al mundo más que un tenue paso por la vida sin dar ni recoger frutos de ningún tipo.

Llego al muelle y en la rula se subastan los pescados. Ese olor, tantos
recuerdos. Los niños juegan al lado del mar sin conocer su crudeza, disfrutando tan sólo de su lado bello. De mi pipa sale humo que asciende.

Sigo su viaje y descubro un sol de otoño colgado en el cielo. Me siento en los bancos frente al mar. Cierro mis ojos y a mi mente acude ella. Se abre paso con su brillante sonrisa y su cálida mirada de joven inocente. Jamás la quise y sin embargo ahora amo su recuerdo.

Lentamente el calor del astro rey se apodera de mi cuerpo. Noto el cansancio de la vida absorbiéndome de repente. Ella sigue ahí, en mis sueños, esperándome mientras poco a poco me acerco. Una sonrisa tímida quiere instalarse en mis labios. La paz, la calma, un delicado golpe de mar va arrastrándome consigo, acercándome a ella, alejándome de este mundo en el que mi cuerpo se queda al lado del mar de mis anhelos.