Donde todo comenzó: Gratitud y memoria en las aulas de la Vicente Guerrero


El tiempo pasa, pero las huellas que dejan los primeros pasos en la vocación docente permanecen intactas en el alma. Hoy, mirando hacia atrás, me detengo a contemplar el inicio de un viaje que comenzó hace más de un cuarto de siglo. Quiero dedicar este espacio a recordar con profundo cariño, respeto y gratitud a la primera escuela que me dio cobijo y protección cuando apenas me abría paso en el maravilloso —y a veces abrumador— mundo de la educación.

Fueron un poco más de dos años de labor intensa, de amaneceres compartidos y de aulas que se convirtieron en mi segundo hogar. Allí no solo enseñé; allí aprendí lo que verdaderamente significa ser maestro.

Un rincón privilegiado en Petatlán

Para quienes conocemos la geografía de nuestra región, sabemos que hay lugares que tienen una luz propia. La Escuela Primaria Vicente Guerrero es uno de ellos. Ubicada en la comunidad de Petatlán, en el municipio de Atlixtac, goza de una ubicación privilegiada: justo a la orilla de la carretera que conecta con la ciudad de Tlapa, a tan solo quince minutos de la cabecera municipal.

Esa cercanía y accesibilidad no solo facilitaban el andar diario, sino que convertían a la escuela en un punto de encuentro vibrante, un faro de conocimiento en medio del camino.

Liderazgo y comunidad: El legado del Profr. Carpóforo

Hablar de la Vicente Guerrero es evocar, de manera obligada, a un hombre que dejó una marca imborrable en la comunidad y en quienes tuvimos la dicha de trabajar bajo su guía: el Profr. Carpóforo Hernández Contreras.

El maestro Carpóforo no solo fue un director eficiente; fue un ser humano consagrado por completo al trabajo educativo y social. Su visión trascendía las paredes del aula, entendiendo que la escuela y el pueblo debían latir al mismo ritmo.

Cómo no recordar aquellas noches mágicas en las que la escuela organizaba el Grito de Independencia. El pueblo entero se reunía en ceremonias profundamente emotivas que unían a las familias en una sola voz. O los festejos del Día de las Madres, donde la participación era total; no quedaba una sola mamá en el pueblo que no se sintiera honrada y celebrada por nuestra institución. Era una época donde la escuela era, verdaderamente, el corazón de la comunidad.

Rostros que el tiempo no borra

Dicen que la memoria es selectiva, y es verdad: han pasado ya veintiséis años desde que me despedí de esas aulas. El tiempo a veces nos juega bromas y la memoria puede flaquear, por lo que pido una sincera disculpa si omito algún nombre. Sin embargo, hay compañeros maestros cuyo recuerdo guardo con absoluto respeto y admiración, pues me brindaron su apoyo incondicional cuando más lo necesitaba:

Gerardo Catalán Cuevas

Dulce María Barrios

Ma. de Jesús Derramona García

Guadalupe Gutiérrez Almeida

A ellos, y a todos los que formaron parte de ese equipo, mi reconocimiento eterno por su compañerismo y su calidez.

Los verdaderos maestros: Los niños

Finalmente, el recuerdo más tierno pertenece a los niños. Aquellos alumnos que hoy, sin duda, ya son hombres y mujeres de bien. Con ellos compartí penas y alegrías; vi sus ojos llenarse de curiosidad y sus rostros transformarse con una sonrisa. En ese intercambio diario, en ese dar y recibir, descubrí la magia de la docencia: que juntos, maestro y alumno, siempre llegamos a aprender.

A la distancia, miro al pasado y solo puedo decir: Gracias, Escuela Vicente Guerrero, por haber sido mi primer refugio, mi gran escuela y el lugar donde mi vocación echó raíces para siempre.

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